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Fic: Karma para principiantes

Karma para principiantes
Sam + Dean, John
PG | 1077 palabras
[Pre-series] Cuando John les mira por el retrovisor y dice que van a parar en el siguiente motel que vean, Dean lo agradece mentalmente y cree que quizá, solo quizá, es el fin de su racha de mala suerte. Entonces, Sam empieza a babearle en el hombro. 

 
Karma para principiantes


En el coche, de camino a Tennesse, Dean piensa que el destino debe de estar jugándosela. Le duele la espalda como si hubiese estado durmiendo con una mala postura durante meses y el paisaje ni siquiera consigue distraerle durante más de dos segundos. Cuando John les mira por el retrovisor y dice que van a parar en el siguiente motel que vean, Dean lo agradece mentalmente y cree que quizá, solo quizá, sea el fin de su racha de mala suerte.

Entonces, Sam empieza a babearle en el hombro, dormido como un tronco.

El siguiente motel que ven está a punto de caerse a pedazos. No funciona la calefacción y el recepcionista tiene cara de pocos amigos, pero tiene lavandería y hay una cafetería al lado, así que es suficiente. Sam es el primero en usar la ducha, Dean es el primero en coger el mando a distancia.

―Lo siento. Cuando lleguemos tendréis vuestra propia cama. Nada de compartir ―asegura John.

―Por un día no pasa nada ―responde Dean, encendiendo la tele.

Tampoco hay cable.

Sam sale del cuarto de baño quince minutos después, vestido y con el pelo mojado, y a Dean ya le ha dado tiempo a recorrerse los cinco canales de televisión diez veces. Está tan cabreado con el mundo que lo siguiente que hace es tirarle a Sam el bolso de viaje sin levantarse de la cama.

―Haz la colada, Sammy.

―¿Qué? ―contesta, desafiante. Está en esa fase de la vida.

―Ya me has oído.

―No sé cómo se hace.

―Pues aprende ―dice antes de meterse en el cuarto de baño.

Deja la ropa tirada en el suelo, desordenada, y abre el grifo. No queda agua caliente.

En algún momento, mientras se ducha con agua fría intentando imaginarse que es julio y no principios de febrero, piensa que a lo mejor es el karma. Que toda esa semana de mala suerte se la ha buscado él solito, no sabe cómo, y que quizá se le pase pronto si empieza a hacer las cosas bien.

Cuando Sam llega hora y media después, con la mirada culpable y repitiendo una y otra vez «lo siento, Dean», se promete mentalmente que, sea lo que sea, no va a enfadarse. Desde luego, el destino debe de tener algo personal contra él, porque no cree que sea casualidad que de toda la ropa solo haya encogido la suya. No sabe si reír o llorar, y cuando se pone una de las camisetas, suelta:

―Bueno, así seguro que ligo más ―Le queda tan justa que le cuesta respirar―. Pero si crees que voy a prestártela, vas listo.

Sam no le ríe la gracia.

―No sé qué he hecho mal, Dean. He seguido las instrucciones: el detergente, la temperatura del agua… A lo mejor me he equivocado. ¿Qué temperatura sueles poner tú?

―¿Eh? ―No sabe qué responder, así que se preocupa más por quitarse la camiseta. ¿Que qué temperatura? Pues la que ya esté puesta.― Olvídalo, Sammy. No es culpa tuya. Solo es una racha de mala suerte.

John, en la otra cama, levanta los ojos de su diario.

―No se te habrá cruzado un gato negro, ¿no, hijo? ―pregunta, y Sam no sabe si lo dice de broma.

Dean recuerda que hace dos días, cuando todavía estaban en Illinois, Sam había llevado un gatito abandonado a casa. Su hermano le había puesto cara de cachorrito, «¿podemos quedárnoslo, Dean?» y «porfa, ¿podemos?». Al mocoso se le dan muy bien esas cosas. Antes de que pudiese decir que no, el gato había sacado las uñas y se le había abalanzado encima. ¿El resultado? Un bonito arañazo en toda la cara. Sin embargo, no cuadraba con la teoría de su padre, porque el gato no era negro y su mala suerte había empezado días antes, cuando la camarera de aquel restaurante le había tirado su refresco encima después de tropezar con los pies de Sam.

―No. Un gato negro, no.

Cenando en la cafetería, ninguna camarera le tira nada encima y tampoco se equivocan con su pedido. Dean cree que a lo mejor tenía razón, que era el karma y que, como se ha portado bien, nada puede salir mal. Pero entonces Sam dice algo y él se ríe al mismo tiempo que le da un mordisco a la hamburguesa y se atraganta y no puede respirar durante dos segundos. Cuando la cosa se queda en un susto, se le ocurre que puede tener que ver con las reencarnaciones.

―Dean, mastica bien la comida, ¿quieres? ―le advierte su padre.

―Sí, señor.

Definitivamente, ha debido de ser un capullo en sus anteriores vidas.

―¿Has pasado por debajo de alguna escalera? ―pregunta Sam después de un rato, con el pelo tapándole la mitad de la cara.

―No.

―¿Has derramado sal?

―No.

―¿Has abierto un paraguas dentro de alguna casa?

No puede evitar reírse antes de volver a decir que no.

―¿Has roto algún espejo en los últimos siete años?

―¿Cómo voy a romper un espejo con lo guapo que soy, Sammy? ―dice como si se lo creyese―. Además, ¿qué? ¿Toda la mala suerte que no he tenido en siete años me llega de golpe en una semana?

Sam se encoge de hombros.

―A lo mejor.

Por la noche, Sam es el primero en dormirse. Ser dos en una cama no está tan mal cuando la calefacción no funciona, pero con su hermanito es diferente porque es de los que no pueden estarse quietos ni dos segundos. Cuando está a punto de cerrar los ojos, Sam murmura algo. No se le entiende mucho, por no decir que nada, pero un minuto después Dean empieza a coger alguna que otra palabra.

―No… ―gruñe algo más y frunce el ceño. Dean le pone la mano en el hombro―. Los… los deberes… no.

Su hermanito no puede ser más patético, porque, en serio, ¿soñar con los deberes?

―¿Qué va a ser lo próximo? ¿Ponis rosados?

Y antes de que pueda reírse de su propia broma, tiene la rodilla de Sam en el estómago. No es que le haya dado con muchas ganas ―el crío sigue dormido―, pero tampoco es lo más agradable del mundo y, a modo de venganza y porque tampoco quiere arriesgarse a una segunda patada, se da media vuelta en la cama y deja a su hermano soñando que no ha hecho los deberes.

Es entonces cuando llega a la conclusión de que su racha de mala suerte no es una racha de mala suerte. Solo es Sam.
Tags: fic, supernatural
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